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La polarización: ¿estrategia política o síntoma social?

  • 8 jul
  • 4 min de lectura

Vivimos una época en la que parecería obligatorio elegir un bando. Pero antes de señalar culpables, vale la pena preguntarnos si la polarización es una estrategia diseñada por los políticos o el reflejo de una sociedad cada vez más fragmentada.

 

¿En qué momento dejamos de discutir ideas para comenzar a defender bandos?

Hace unos días, durante una improvisada reunión con amigos, alguien lanzó una pregunta que parecía inofensiva.

-"Bueno... ¿y ahora qué vamos a hacer?, ¿a quién vamos a apoyar?"

Bastaron un par de minutos para que la conversación cambiara de tono.

Lo curioso es que nadie cambió de opinión esa noche, y sospecho que tampoco lo hará en el futuro; conozco bien a mis amigos. Lo único que cambió fue el ambiente.

 

Al regresar a casa seguí pensando en esa escena. No por lo que se dijo, sino por lo que dejó de decirse. La conversación terminó antes de tiempo, no porque se hubieran agotado los argumentos, sino porque todos entendimos que era mejor cambiar de tema.

 

Mientras manejaba me di cuenta de algo: aquella conversación ya no trataba de política, trataba de identidad.

Y entonces apareció una pregunta que, desde hace meses, no deja de acompañarme:

¿En qué momento dejamos de discutir ideas para comenzar a defender bandos?

 

Vivimos una época curiosa. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, pareciera que cada vez escuchamos menos, opinamos más, respondemos más rápido, compartimos más, pero comprendemos menos.

 

Con frecuencia rechazamos una idea antes de analizarla simplemente porque proviene de alguien con quien no simpatizamos. O hacemos exactamente lo contrario: defendemos una postura sin cuestionarla porque quien la expresó pertenece al grupo con el que nos identificamos.

Sin darnos cuenta, la pregunta dejó de ser:

"¿Qué opinas?"

Y comenzó a ser:

"¿De qué lado estás?"

 

Ahí ocurre algo mucho más profundo que una diferencia política. La democracia necesita personas que piensen distinto. La polarización necesita personas que dejen de escucharse. Y esa diferencia cambia absolutamente todo.

 

Olvidamos algo esencial. La democracia nunca tuvo como objetivo que todos pensáramos igual. Fue creada para que personas con ideas distintas pudieran convivir, debatir y construir acuerdos sin dejar de reconocerse como parte de una misma sociedad.

 

Pensar diferente nunca ha sido el problema. El problema comienza cuando dejamos de discutir propuestas y empezamos a clasificar personas. Cuando el adversario deja de ser alguien con quien podemos conversar y se convierte en alguien al que debemos derrotar.

En ese momento el argumento deja de ser lo importante. Importa quién lo dijo.

Terminamos viendo primero la etiqueta que a la persona, como si el partido político fuera una marca capaz de definir, por sí solo, la calidad de una idea.

Quizá por eso una frase resume mejor que cualquier definición lo que ocurre:

La democracia vive de las diferencias; la polarización vive de las identidades enfrentadas.

 

Si la polarización genera tanto desgaste social, la pregunta parece inevitable.

¿Por qué tantos líderes recurren a ella?

La respuesta, aunque incómoda, parece sencilla.

Porque funciona.

Los estrategas políticos descubrieron hace tiempo que es mucho más fácil unir a un grupo alrededor de un adversario que alrededor de una propuesta.

Construir un "nosotros" y un "ellos" simplifica un mundo que cada día parece más complejo.

Y lo interesante es que esta estrategia ya no pertenece a una sola ideología.

La utilizan gobiernos.

La utilizan oposiciones.

La utilizan candidatos de izquierda.

La utilizan candidatos de derecha.


Cambian los discursos, cambian los colores, cambian los adversarios, ero la estructura suele repetirse.


Y entonces aparece una pregunta que, personalmente, considero mucho más interesante que discutir quién polariza más.

¿Las elecciones las gana quien presenta las mejores propuestas... o quien logra despertar las emociones más intensas?

No tengo una respuesta definitiva. Pero sería ingenuo negar que la política contemporánea se mueve tanto por emociones como por ideas. Basta observar los procesos electorales de los últimos años en América Latina.

 

He tenido la oportunidad de participar en campañas políticas durante muchos años.

He visto cómo se construyen estrategias, cómo se diseñan mensajes y cómo se intenta conectar con el electorado.

Quizá por eso me cuesta creer que la polarización sea solamente una casualidad.

Pero también me cuesta pensar que sea únicamente responsabilidad de los políticos.

Porque ninguna estrategia funciona durante tanto tiempo si la sociedad no está dispuesta a responder.


Vivimos tiempos de incertidumbre. Las instituciones generan menos confianza. Las redes sociales premian la confrontación mucho más que la moderación. Y, como seres humanos, buscamos algo profundamente natural: Pertenecer. Encontrar certezas. Sentir que alguien habla por nosotros.

 

Quizá por eso la polarización sigue funcionando. No solamente porque algunos líderes la utilizan. Sino porque millones de ciudadanos seguimos encontrando en ella respuestas sencillas para comprender una realidad cada vez más compleja.

Tal vez, entonces, llevamos años haciéndonos la pregunta equivocada. La verdadera pregunta no es:

¿Quién polariza más?

La verdadera pregunta es:

¿Por qué la polarización sigue funcionando?

 

Las campañas terminarán.

Cambiarán los gobiernos.

Llegarán nuevos partidos.

Surgirán otros liderazgos.

Pero nosotros seguiremos encontrándonos en el supermercado, en la escuela de nuestros hijos, en una cafetería o alrededor de una mesa con los mismos amigos.

Ojalá nunca permitamos que una elección sea más importante que una conversación.


La última nota

🎼 Acorde Mayor

La democracia no se debilita cuando pensamos diferente. Se debilita cuando dejamos de escucharnos.

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